viernes, 6 de febrero de 2015

RUTA: En Busca de las Lamias (Cascada de Gujuli - Lago de Lamioxín - Cascadas de las Corraladas)




Cuenta la leyenda que en Gujuli vivía una Lamia que poseía un espejo mágico que concedía cualquier deseo a quien lo tuviese. Un día un pastor se lo robo, pero cuando la Lamia descubrió quien se lo había quitado, fue donde el y le prometió el tesoro más valioso que Mari podía entregarle a una Lamia a cambio de que le devolviese el espejo. El pastor accedió a dárselo, imaginando una montaña entera de oro, pero la Lamia lo convirtió en casacada diciéndole:

        "Una cascada es el tesoro más valioso que Mari puede darle a una Lamia. Así que, sin faltar a mi promesa, te convierto en cascada para que así también sirva de escarmiento a ladrones."

Esta cascada es el espectacular salto de agua del río Oiardo a su paso por Gujuli. Aprovechando los fuertes caudales de agua en estos días gracias a las nieves que han caído, nos animamos a ir a Gujuli para visitar esta cascada con tan bella leyenda, y aprovecharemos para dar un paseo hasta donde posiblemente fuera la morada la Lamia de esta historia, la Laguna de Lamioxín, conocida como la Laguna de las Lamias, a pocos kilómetros del pueblo de Beluntza. Y nos pasaremos también por las cascadas del río Corraladas que si no son tan espectaculares como la de Gujuli en tamaño, si lo son en belleza.

AQUÍ PUEDES VER LA LEYENDA

Para comenzar la ruta aparcamos el coche en el pueblo de Gujuli junto a la iglesia. Bajo la iglesia transcurre un camino que se dirige a las vías del tren, lo seguimos asta encontrar a un lado una puerta giratoria que nos da acceso a las vías que deberemos cruzar y a pocos metros estaremos ya junto a la cascada de Gujuli. Actualmente este paso esta prohibido debido al riesgo que supone por lo que, si decidimos pasar, deberemos hacerlo con precaución para no precipitarnos al barranco.



Después de disfrutar un rato de estas espectaculares vistas nos dirigimos a un mirador donde disfrutaremos de una vista más panorámica de la cascada, al oro lado del barranco. Para ello volvemos hasta la iglesia y, un poco más adelante en el cruce, tomamos la carretera que va a la izquierda pasando por encima de un pequeño puente.


El camino nos llevará directos hasta la zona de aparcamiento del mirador donde cogeremos el camino de la izquierda siguiendo las señales que nos indican el camino al mirador.










Después de esto volvemos hasta el parking y seguimos bajo el tendido eléctrico dirección suroeste unos 700 m. hasta encontrar un camino señalizado que se cruza. Es la ruta GR-282 señalizada con las marcas blancas y rojas. Nosotrxs la seguiremos un buen rato tomando dirección Altube, por lo que en este cruce iremos hacia la izquierda.










Continuamos siguiendo las marcas blancas y rojas del GR siempre en dirección Altube. A unos 500 m. nos encontraremos con un cruce de caminos. No nos despistemos y en vez de seguir de frente debemos tomar el camino que gira bruscamente a la izquierda, sin dejar de seguir las señales del Gr-282. Cuando hallamos caminado algo menos de un kilómetro nos toparemos con el camino de viene del pueblo de Beluntza. Seguiremos el GR descendiendo hacia la izquierda hasta el próximo cruce.

Enseguida veremos la laguna de Lamioxín en donde nos detendremos un momento para disfrutar del paisaje. Para ello nos desviaremos levemente a la izquierda en el próximo cruce.

Yo aproveché para almorzar y tomar unas fotos a ver si  con un poco de suerte veía a alguna de estas hermosas Lamias, aunque sin mucha suerte; o al menos eso creo, porque los patos que ahí nadaban parecían vigilantes sin importarles en exceso mi presencia.

Como la ruta me ha sabido a poco y voy muy bien de tiempo, decido que voy a visitar las cascadas del río Corraladas que no están muy lejos y que, debido a su belleza, estoy convencido de que allí alguna Lamia también habita.

Para ello volvemos al cruce donde nos desviamos para visitar la laguna y seguiremos de nuevo las marcas blancas y rojas del GR. Descendemos una fuerte pendiente durante algo más de 500 m. hasta encontrarnos una pista que se cruza. La señal nos indica que debemos ir a la derecha dirección Altube.


Cuando hallamos caminado unos 700 m. nos encontraremos con un desvío. En este punto abandonaremos el GR que asciende por la derecha y seguiremos por la pista a la izquierda.


Por la pista proseguimos durante 500 m. más o menos y en una curva algo cerrada la abandonamos para coger un sendero a la izquierda que nos llevara asta las cascadas de las Corraladas.


Para volver asta el punto de partida vamos a desviarnos un pelín para visitar las ruinas del IZARRA INTERNATIONAL COLLEGE. He de avisar que desde que se quemo uno de los edificios, la diputación ha puesto vigilancia privada para que la gente no acceda a la propiedad. Yo, sin saberlo, entre por la parte de atrás. Cuando me encontré con el segurata no me puso ningún problema y me explico como esta la situación. Me dijo también que el camino principal es camino público y que por ahí podemos pasar sin ningún problema.

Para ir asta las ruinas vamos a andar sobre nuestros propios pasos hasta el cruce justo después de pasar la laguna de Lamioxín, en donde nos encontramos con el camino que venía de Beluntza, que es el que vamos a coger ascendiendo por la izquierda. Enseguida nos toparemos con una edificación con las ventanas y puertas tapiadas donde seguiremos a la izquierda.


Siguiendo esta pista, a mano izquierda, están la mayor parte de estas ruinas y continuando por ella llegaremos a la carretera A-2521.


En la carretera iremos hacia la derecha para encontrar enseguida el tendido eléctrico del principio. Nos salimos de la carretera para ir bajo los cables hasta llegar al aparcamiento del mirador de Gujuli.


Desde el aparcamiento, por el mismo camino del principio, nos dirigimos a la iglesia de Gujuli, donde tenemos el coche.

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domingo, 25 de enero de 2015

El Basilisco del pozo

Cerca de Martioda, Álava, existió un poblado llamado Urrialdo que hace muchos años estaba muy poblado y se trataba de un lugar muy próspero y rico. Pero un día ocurrió algo que acabaría con toda la alegría se sus habitantes. Una serpiente robó un huevo a una gallina y se lo llevo a empollar en un pozo que estaba cerca. Llegado el momento, el huevo se rompió, y de el salio un monstruo del tamaño de un gato, su cabeza era como la de una gallina con dientes en el pico, pero su cuerpo era de serpiente con alas llenas de espinas y una cola tan puntiaguda que parecía una lanza. Se trataba de el Basilisco, y era el animal más terrible que ha podido existir, cuyas armas eran sus ojos y sus dientes. Su mirada era tan mortal que hacia que las plantas se marchitasen, que los arboles se secasen y los pájaros cayesen en seco en pleno vuelo. La única planta capaz de resistir la mirada del Basilisco es la “hierba de gracia” (Boskoitza), que ademas cura las heridas causadas por los dientes de este. Y solo hay dos animales que puedan vencerlo: el gallo y la comadreja. El Basilisco apareció un día en el pozo, enroscado en un tronco que había sobre el agua. Ds mujeres que se acercaban para lavar la ropa lo vieron. -¿Que es eso que hay sobre el pozo?- preguntó una. -No se, yo diría que es un gallo.- respondió la otra- -¿Pero como va a ser un gallo en medio del agua?¿Dónde has visto cosa igual? En lo que discutían, el Basilisco clavó la mirada en las dos mujeres y murieron casi al instante. Justo después el monstruo desapareció. Nadie podía explicarse esas dos muertes. Fueron ocurriendo más muertes misteriosas cerca de aquel pozo, y el pánico se fue apoderando de lxs habitantes de Urrialdo. Un día decidieron mandar al pozo a alguien para vigilar.Aún no había amanecido y el joven se subió a un árbol y esperó, oculto entre las ramas. Cerca del mediodía, vio un carruaje que se acercaba por el camino del pozo. Los viajeros contemplaban el paisaje y hacían comentarios sobre las casas. En eso, se fijaron en el lago y al instante, emergiendo entre las aguas, apareció el basilisco. Su mirada se clavó en el carruaje y, antes de que el mozo que estaba en el árbol pudiera darse cuenta de lo que ocurría, el vehículo y sus ocupantes desaparecieron. Martín se quedó con la boca abierta del asombro, se frotó los ojos creyendo que estaba soñando, miró de nuevo al lago..., pero el basilisco había desaparecido. Al enterarse de lo ocurrido, todos los habitantes de Urrialdo comenzaron a temblar de miedo. No sabían cómo luchar contra un ser tan poderoso y decidieron marcharse del pueblo, porque lo más importante era seguir vivos. Sólo unos pocos se atrevieron a quedarse allí. Pero el tiempo pasaba, las casas abandonadas iban cayéndose de viejas y los que habían decidido quedarse eran cada día más pobres, porque tenían miedo a salir y encontrarse con el basilisco, y tampoco se atrevían a utilizar el agua del pozo. Los animales andaban sueltos, tratando de encontrar comida porque sus dueños ya no se ocupaban de ellos. Cuando se acercaban al pozo para beber, aparecía el basilisco y los mataba con la mirada. Un día, un viejo gallo al que casi ya no le quedaban plumas, se acercó al pozo. El basilisco apareció y se lo quedó mirando, pero su mirada nada podía contra el viejo gallo, que también lo miró, y así estuvieron durante un buen rato. Creyendo el gallo que aquel otro había ido a quitarle el puesto de jefe en el gallinero, cogió aire, hinchó el pecho y cantó tan fuerte como cuando era joven. El basilisco se convirtió en estatua de piedra, se rompió en varios cachos y se hundió en el agua. Nunca más se ha visto un basilisco en la región, pero los habitantes que se habían marchado no regresaron, y el pueblo de Urrialdo no volvió a conocer la prosperidad que una vez tuvo.

miércoles, 21 de enero de 2015

RUTA: Buscando a la Mora de Zaldiaran


Cuenta la leyenda que hace muchos siglos vivía en una torre ubicada en Zaldiaran el señor Don Pedro, quien estaba casado con Doña Assona. Todo transcurría en paz asta que los musulmanes Banu Qasi penetraron en tierras alavesas, Así que Don Pedro y sus hombres tuvieron  que entrar en combate.
Un día, un soldado musulmán atravesó con su lanza un costado de Don Pedro y todo el mundo le dio por muerto, pero no fue así, el señor Don Pedro sobrevivió, y cuando despertó vio como una bella mujer musulmana se encargaba dulcemente de sus cuidados y sanación. La mujer le dijo que se encontraba prisionero en la fortaleza de los Banu Qasi. Alli permaneció durante cuatro largos años en los que acabó enamorándose de la mujer que lo estuvo cuidando, cuyo nombre era Zaida, y de este amor nacieron dos niños.
Pero con el tiempo llego la paz, y todos los prisioneros fueron liberados; así que Don Pedro regreso a tierras alavesas, prometiendo a Zaida que regresaría para buscarlos a ella y los niños. Pero nunca cumplió su promesa y con el tiempo Don Pedro se fue a vivir a Gasteiz. Zaida lo estuvo esperando durante años, pero al ver que su amado no regresa decidió ir ella con los niños a buscarle; así que se presentó en la torre de Zaldiaran, pero la torre estaba vacía. Zaida se sentó en las escaleras de la entrada a esperar su regreso, mientras se peinaba con un peine de oro y los niños jugueteaban a su lado. Pasaron los años sin que el señor de la torre regresara jamas.
Siglos después, una pastora que pasaba por allí con su rebaño vio junto a las ruinas de la torre a una mujer con ropas extrañas que se peinaba con un peine de oro. Al acercarse a curiosear, la mujer y los niños desaparecieron entre las ruinas, cayéndose el peine. La pastora se lo guardo, pero cuando se disponía a irse, la mujer apareció tras de ella diciéndole:

"Dame mi peinedere dere dere"

La pastora , del susto, tiró el peine y salió corriendo. Desde entonces muchos han ido a ver a la joven Zaida, pero nadie la ha vuelto a ver.

Hoy me dispongo a ir a Zaldiaran a ver si tengo la suerte de poder observar a la hermosa Zaida y a sus alegres hijos. Para ello parto desde la misma ciudad de Gasteiz; en el barrio de Salburua, que es en donde vivo. Aunque para acortar la ruta se puede empezar desde el pueblo de Berrosteguita , por donde vamos a pasar.

PRIMER TRAMO (SALBURUA-BERROSTEGUIETA)

            Partimos desde la Avda. de Praga 32, nos dirigimos hacia las vías del tren y giramos a la derecha en Avda. Capital de Euskadi siguiendo las vías asta llegar a un puente que las cruza.
Lo cruzamos y atravesamos el parque asta pasar dos carreteras; junto al polígono industrial seguimos por la pista que va de frente dejando a la izquierda la que va hacia el barrio de Errekaleor.


Seguimos la pista y acabaremos viendo una antigua estación de ferrocarril en ruinas donde continuaremos por la pista que gira a la derecha. La pista acaba en una carretera que cruzaremos dirigiéndonos a la derecha y cogiendo el camino que de dirige al SO.












A unos 100 m. cogemos la pista de la derecha que se dirige hacia Olarizu .
 Más adelante encontraremos varios cruces de caminos; da igual cual cojamos pues todos acaban en las campas de Olarizu.

Una vez salgamos a las campas nos dirigimos hacia la la casa de la Dehesa; tras de ella olvidamos los caminos que ascienden a la cruz de Olarizu y cogeremos el que se dirige al NO.

Seguimos por la carretera asta el próximo cruce de caminos donde cogeremos el que sigue de frente.


 Pasaremos junto a las huertas ecológicas que el ayuntamiento de Gasteiz otorga por sorteo a lxs ciduadanxs.

Un poco más adelante cruzaremos una carretera que entra a la ciudad y nos dirigimos dirección SO hacia las viviendas que vemos más a la izquierda (Pueblo Gardelegui).


Siguiendo el camino, recto llegaremos a una pequeña plaza con vistas a la explanada, bajo la que discurre un camino dirección N.

 A unos 250 m. giramos a la izquierda para pasar junto a un pequeño vertedero ilegal, y continuando asta el próximo cruce, donde tomaremos la pista de la izquierda para dirigirnos hacia el pueblo de Lasarte).

 En Lasarte nos dirigimos hacia la iglesia. Frente a la plaza vamos por la calle Goiena.

 Nos desviamos por la siguiente calle a la derecha (calle Menditxo).



Nos dirigimos a la derecha en la carretera, que al poco rato se convierte en pista de gravilla.



Seguimos la pista sin desviarnos asta llegar a la carretera que da comienzo al puerto de Zaldiaran (A-3102). Enfrente esta el pueblo de Berrosteguieta. Cruzamos la carretera y tomamos un camino que que va ligeramente a la derecha y bordeamos el pueblo.


 En el siguiente cruce nos tomamos el camino de la izquierda y nos dirigimos hacia la iglesia del pueblo.



 SEGUNDO TRAMO (BERROSTEGUIETA-CUMBRE DE ZALDIARAN)

           Desde la iglesia de Berrosteguieta, donde podremos dejar cerca el coche si deseamos empezar la ruta desde aquí, nos dirigimos por la calle que transcurre de frente a la iglesia. En el cruce seguimos de frente por la calle Artetxo.

Enseguida la carretera se convierte en parcelaria que enseguida abandonaremos para coger un camino a la derecha.

A unos 150 m. buscamos a nuestra derecha un camino que trascurre entre árboles.

El camino acaba en una serie de pistas que se introducen en el bosque de Armentia, pero nosotrxs cogeremos otra pista que vuelve hacia atrás por nuestra izquierda.




Continuamos por la pista sin desviarnos medio kilómetro más o menos asta encontrar otra pista que se nos cruza, en donde nos dirigiremos a la derecha.



La seguimos y nos toparemos con una puerta, la cual no tenemos que pasar, sino continuar por la pista hacia el S.












Andamos durante medio kilómetro más o menos asta encontrar un camino a la izquierda, que tomaremos abandonando la pista.


 Seguimos el camino si desviarnos asta que este desaparece entre las hojas caídas; en este punto empezaremos a ascender hacia la derecha para alcanzar la cumbre por donde se deduce que trascurre el camino (despejado de hojas si se verá el camino).

Enseguida visualizaremos la antena del repetido que se encuentra en la cumbre del Zaldiaran, y ya solo es llegar asta ella de la forma que más nos guste. Debajo de la roca, en la cara Oeste, hay una pequeña cavidad escavada en la roca que nos puede servir de refugio para almorzar si el tiempo no es muy agradable.
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                                 Descargar aquí la ruta
                                     (Esperar 5 seg. y dalle a "SALTAR PUBLIVCIDAD" en la parte superior derecha)



miércoles, 14 de enero de 2015

La Lamia de Gujuli

Cuenta la leyenda que en Gujuli vivía una lamia muy coqueta, y que se pasaba horas y horas peinándose la larga melena con su peine de oro y mirándose en un espejo mágico que poseía, el cual tenía el poder de conceder cualquier deseo a aquel que lo poseyese. Un día un pastor, de nombre Urjauzi, observó a la Lamia y quedó fascinado por los poderes del espejo, así que en un descuido de la Lamia, le robó el espejo. Al principio la Lamia pensó que lo había perdido y se pasó varios día buscándolo en los hilos de agua. Desesperada por no encontrarlo se fue al pueblo a preguntar si alguien lo había visto y, al pasar al lado de un baserri, pudo alcanzar a ver el característico brillo de su espejo por una de las ventanas. Rápidamente localizó al ladrón en un pequeño arroyo cerca de la iglesia, al que se acerco y le dijo: - Se que tienes mi peine. Si me lo devuelves te recompensaré con el tesoro más valioso que Mari puede entregarle a una Lamia. El pastor, imaginándose una montaña toda entera de oro, accedió a entregárselo. La Lamia le preguntó al pastor cual era su nombre, a lo que este le contesto “Urjuazi”; y en ese instante la Lamia lo convirtió en cascada como castigo por el robo, que es el significado del nombre del pastor. El pastor, al ver como se desvanecía en el agua, cuestionó la palabra de la Lamia, pero ésta le contestó: - Una cascada, es el tesoro mas valioso que Mari puede entregarle a una lamia. A ti te he convertido en cascada, para escarmiento de ladrones, y para que veas que no he faltado a mi palabra, te cuidaré porque ahora formas parte de mis dominios, y caerás por siempre desde lo alto del monte. Y aun sigue ahí el pastor Urjuazi, convertido en cascada, apenas un hilillo de agua en verano, pero un especacular salto de agua cuando las aguas del deshielo llenan los ríos de Euskal Herria.

sábado, 10 de enero de 2015

La Mora de Zaldiaran

Los peines de oro tienen una gran importancia en las leyendas vascas. Mari se peina con un peine de oro y también las lamias lo utilizan para peinar sus largos cabellos dorados al borde de las fuentes y los arroyos. Es menos corriente que el peine de oro lo utilicen las brujas y las humanas, aunque también se dan estos casos. La siguiente leyenda nos habla de una mora misteriosa que es, seguramente, resultado de la larga convivencia entre vascos y musulmanes en las zonas del sur de Euskal Herria. La mención de esta mora la recoge J. M. de Barandiaran en su libro «El mundo en la mente popular vasca».


 Hace muchos siglos había en Zaldiaran, en Araba, una hermosa torre, de la que hoy, desgraciadamente, sólo quedan las ruinas. Don Pedro, señor de la torre, era respetado y amado por sus gentes debido a su valor y buen hacer en la defensa y administración de las tierras que gobernaba. Estaba casado con doña Assona, y su vida transcurría sin muchos sobresaltos. Pero, después de un largo período de paz, los navarros musulmanes Banu Qasi, que ocupaban las tierras del Ebro, penetraron en Araba, y el señor de Zaldiaran, al igual que otros muchos, tuvo que disponer a sus hombres para la lucha. Don Pedro se distinguía por su bravura al entrar en combate contra el enemigo; siempre iba a la cabeza de los suyos y no permitía que otro ocupase su lugar en los momentos de peligro. Pero, un día, durante un combate especialmente duro, un soldado musulmán le atravesó el costado con su lanza y el caballero cayó del caballo sin sentido. Cuando sus hombres lo vieron en el suelo, cubierto de sangre, creyeron que estaba muerto y emprendieron la retirada. Pronto llegó la mala noticia a la torre de Zaldiaran, y todos lloraron con doña Assona la muerte de tan querido señor. Pero don Pedro no había muerto. Abrió los ojos e intentó moverse. —No te muevas, la herida no se ha cerrado —oyó que le decía una voz de mujer. La que así hablaba era una joven, hermosa como un sueño, que le sonreía mientras pasaba un paño mojado por su frente. El caballero intentó hablar, pero tenía la boca seca. —No hables. Estás en una fortaleza de los Banu Qasi y temo que tendrás que quedarte aquí durante mucho tiempo. El señor de Zaldiaran se curó, pero lo mantuvieron como rehén, al igual que a otros caballeros alaveses cogidos prisioneros. Durante cuatro largos años estuvo don Pedro en aquella fortaleza sin poder comunicarse con los suyos, pero la joven que lo había cuidado, cuyo nombre era Zaida, era tan dulce y tan hermosa que no tardó en enamorarse de ella. De aquellos amores nacieron dos niños, y el caballero llegó a olvidar su casa y su esposa, doña Assona, que, en Zaldiaran, lloraba todavía su pérdida. Pero, al igual que llegó la guerra, llegó la paz, y los rehenes fueron liberados. Don Pedro sintió una gran necesidad de regresar a su hogar. Partió, pues, no sin antes prometer a su amada que regresaría para buscarlos a ella y a los niños. Zaida lo vio marchar con lágrimas en los ojos desde las almenas de la fortaleza. El regreso del señor de la torre fue una fiesta. Doña Assona no cabía en sí de felicidad; los parientes y amigos y todas las personas de la torre festejaron durante muchos días el regreso del que creían muerto. Don Pedro no volvió a acordarse de su otra mujer, la joven mora, y de los hijos que había dejado en la fortaleza de los Banu Qasi. Abandonó su torre de Zaldiaran y se fue a vivir a Gasteiz, donde ocupó un cargo importante al lado del conde de Araba. Pero Zaida no había olvidado y continuaba esperando el regreso de su enamorado. Esperó y esperó, y pasaron otros cuatro años. Entonces, decidió ir en su busca. Cogió a sus hijos y se encaminó por tierras alavesas hasta llegar a la torre de Zaldiaran, pero allí ya no vivía nadie. —Ésta es su casa y algún día volverá, y nosotros estaremos aquí esperándole —pensó Zaida, y se sentó a esperarle en los escalones de la entrada. Pero don Pedro no volvió. Pasaron los años y los siglos. Un día, una pastora que andaba con su rebaño por los alrededores de las ruinas de la torre vio algo que la dejó asombrada: allí, en los escalones de lo que una vez había sido la entrada principal, estaba sentada una señora, y dos niños jugaban tranquilamente a su lado. Llevaban ropas extrañas y la señora se peinaba sus largos cabellos negros con un peine de oro que brillaba al sol. La pastora se acercó llena de curiosidad, pero, en cuanto la vieron, los tres desaparecieron entre las ruinas. La joven cogió el peine de oro que la extraña dama había perdido en la huida. Llamó, pero nadie le respondió, así que se guardó el peine y fue a recoger el rebaño para volver a casa. No había andado ni veinte pasos cuando oyó una voz que le decía: —Dame mi peinedere. Al girarse, vio que la dama misteriosa le seguía. Sintió miedo y echó a correr, pero la dama también echó a correr, repitiendo sin cesar: —Dame mi peinedere, dere, dere. La pastora tiró el peine al suelo y siguió corriendo sin volver la vista atrás. Desde entonces, muchos han sido los que han querido ver a Zaida y a sus hijos, aunque, que se sepa, hasta hoy nadie lo ha conseguido.


Fuente: "Leyendas de Euskal Herria" de Toti Martínez de Lezea y Juan Luis Landa

martes, 23 de diciembre de 2014

Olentzero y Mari Domingi

Se dice que Mari, en uno de sus viajes desde Amboto hasta el Txindoki rodeada de sus fieles compañeros los Galtzagorris, notaron un extraño movimiento en el bosque. Se acercaron a ver que ocurría y vieron a un bebé que había sido abandonado a su suerte en plena maleza. Mari se compareció del bebé y mando a los Galtzagorris dejarlo en la puerta de un baserri, sabiendo que sus ocupantes se encargarían del pequeño y lo cuidarían muy bien-
Cada cierto tiempo se acercaba al baserri para comprobar como trataban al niño. Este creció fuerte y sano y le pusieron de nombre Olentzero.
Con los años se hizo un hombre y sus padres adoptivos, ya ancianos, murieron dejándolo solo. Conoció también a Mari Domingi, con la cual se casó.
Olentzero continuó con la profesión de carbonero y, llevando un día carbón al pueblo, vio que había una casa de niños huérfanos y se apiadó de ellos.
Cuando regresó a su casa se puso a construir, con la ayuda de Mari Domingi, juguetes y golosinas para todos esos niños del orfanato, y así llevarles un poco de alegría.
En una de las ocasiones en las que le llevaba los juguetes y las golosinas vio como una enorme columna de humo salía de las ventanas del edificio. Sin pensárselo ni un solo segundo se metió dentro y sacó a todos los niños; eran muchos, y cuando por fin consiguió sacar al último, se derrumbo desfallecido sobre el suelo, su corazón no pudo soportar tanto esfuerzo. Fue entonces cuando los vecinos del pueblo vieron una resplandeciente luz dentro del edificio; era Mari, que se acerco asta donde estaba Olentzero y lo revivió diciéndole:
 
   "Por tu enorme generosidad y valentía, tu nunca morirás, y seguirás trayendo alegría a todos los niños. Tu nombre, Olentzero, será siempre sinónimo de bondad."

 Tonto Olentzero como Mari Domingi agradecieron a Mari que le salvara, y desde entonces se celebra la fiesta en su nombre mientras ambos, Olentzero y Mari Domingi, reparten alegría a los niños.


jueves, 18 de diciembre de 2014

Quién es ZENZENGORRI

Otros nombres: Txahalgorri, Txekorgorri, Behigorri, Ahatxegorri, Zezensuzko, Ahatxe...









Según señala J. M. de Barandiaran en su «Diccionario de la mitología vasca», el Zezengorri (literalmente Toro Rojo en vasco) es una de las formas que adoptaban los espíritus subterráneos. Suelen ser los guardianes de ciertas cuevas en la que se dice que existen tesoros ocultos, y también aparecen como anuncio de un mal presagio o solamente para asustar al caminante nocturno. Si alguien entra en la cueva sin permiso, será atacado por el Zenzegorri sin compasión. A veces adopta forma de persona y baja a los pueblos a castigar a los que le han disgustado o injuriado. Zezengorri frecuentemente arroja fuego tanto por sus fosas nasales como de su boca, y de este modo abrasa a sus enemigos. Otras veces se muestra con los cuernos y la cola ardiendo, y por ello reluce al salir de su cueva.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Leyenda de Zenzengirri

Hace mucho tiempo vivía en Orozko un ladrón al que el oficio le iba muy bien. Todos los días conseguía robar algo de bastante valor, y por mucho que l@s vecin@s del pueblo intentaban atraparlo, nunca lo conseguían.

Este ladrón tenía su refugio en una cueva del monte Itzine, en donde guardaba todos los tesoros que iba robando. Ya poseía, entre muchas otras cosas, monedas de oro, collares, anillos, hebillas de brillantes... Tales eran los tesoros que allí guardaba, que aquello parecía la cueva de Alí Baba.

Normalmente, este ladrón tenía que alejarse bastante de Orozko para cometer sus fechorías, pues era bien conocido en la región y en cualquier momento le podían capturar los miqueletes que por ahí patrullaban día y noche con la intención de echarle el guante. Una de las veces que se encontraba lejos de Orozko, el ladrón murió. Nunca nadie supo cual fue la causa de su muerte, pero el caso es que allí donde murió, allí mismo lo enterraron como si de los restos de un animal se tratara.

En cuanto se enteraron en Orozko de la noticia, organizaron una cuadrilla para ir a Itzine a localizar la cueva del ladrón, y así llevarse el tesoro. Estuvieron varios días buscando la cueva sin ningún éxito, asta que ya se dieron por vencidos en la búsqueda.

Un tiempo después llegaron a Orozko unos hombres de Bilbo con un montón de mapas y señalizaciones. Fueron al monte Itzine, y en unas pocas horas encontraron la cueva de Atxulaur. Enseguida se lleno de curios@s los alrededores de la cueva  y, con gran ceremonia, se procedió a entrar en la cueva.

Nada más haber un pie dentro de la cueva se oyó un rugido espantoso parecido al mugido de un toro, pero mucho más espantoso y que helaba la sangre. el hombre retiró el pie inmediatamente.

   -¿Habeís oído eso?- Preguntó a l@s demas.
   -¡Yo sí! ¡yo sí!- Exclamó uno. -¡Es el diablo de la cueva!
   -¡Que diablos ni que ocho cuartos¡- Exclamó otro. -En las cuevas siempre se oyen ruidos extraños, es el viento que se cuela por algún agujero.
   -Si tan seguro estas, ve tú por delante.- Dijo el primero que lo intentó.
   -¡Pues claro que iré! ¡Faltaría más!

El valiente se adentró en la cueva, pero no le dio tiempo ni a contar asta tres cuando se apareció delante de sus narices un toro rojo el doble de grande que lo normal y echando fuego por la nariz. La bestia resoplo y arrastro las pezuñas en el suelo, con clara intención de atacar a ls intrus@s.

Tod@s dieron media vuelta casi al unisono y se fueron hacia el pueblo como alma que lleva el diablo. Una vez en Orozko consultaron con l@s más sabi@s, pero cada un@ respondía con una versión diferente. Para un@s era el diablo sin lugar a dudas, ¡si asta tenía cuernos!; para otr@s se trataba de Mari, la Diosa, ya que se solía aperecer en ocasiones con forma de toro de fuego; l@s más escéptic@s decía que se trataba de un toro normal y corriente que se habría escapado de algún caserío.

Finalmente, la más anciana de todas se pronunció:

   -Ni diablos, ni Mari, ni toro perdido. Es el espíritu del ladrón que ha vuelto a su casa, y necesita sus restos para poder descansar en paz.

Así pues, se organizó una comitiva para ir al lugar donde había muerto el ladrón y regresar con los restos que quedasen de él.

Volvieron a los pocos días y depositaron sus huesos en la entrada de la cueva. Al instante se convirtieron en polvo, y de nuevo de adentraron en la cueva, no sin cierta reticencia al principio. Comprobaron que el Zenzengorri ya no estaba ahí, pero sí el tesoro, intacto y resplandeciente. Fueron sacando todas las cajas y baúles repletos de objetos de gran valor, asta que dentro no quedó ni una moneda de medio céntimo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Mari y el señor de Bizkaia

Era Don Diego López de Haro, señor de Bizkaia en el siglo XIV, un gran cazador y siempre que podía, salía a cazar algún jabalí o algún otro animal de los que abundaban por Euskal Herria en aquellos tiempos.

Un día que se encontraba de caza, oyó cantar a una mujer en lo alto de una peña. Su voz era tan bella que Don Diego no pudo resistirse a su encanto, y se dirigió hacia la peña para conocer a loa dueña de tan vello canto.

Al verla se quedó atónito, pues jamás había conocido a una mujer tan hermosa. Era alta y esbelta, con unos ojos negros que contrastaban con el rubio dorado de sus cabellos, que caían por debajo de sus rodillas. Llevaba un vestido verde bordado con hilos de oro y una cinta en la frente, también de oro.

Era tal su esplendor, que Don Diego se enamoró locamente de ella.

   -¿Quién eres?- Le pfreguntó.
   -La señora de Amboto- Respondió ella.
   -Puesto que tu eres señora de Amboto y yo señor de Bizkaia, ¿quieres casarte conmigo?

La Dama aceptó, pero le hizo prometer a Don Diego que nunca haría la señal de la cruz en su presencia. Se casaron y tuvieron una hija, Urraka, y y un hijo, Iñigo Guerra.

Pasaron los años y reinaba la felicidad en la casa de Don Diego López de Haro. Pero un día el señor volvió de la caza con un enorme jabalí que había capturado que los encargados de la cocina habían dispuesto con una rica guarnición para la cena. Cuando toda la familia estaba sentada en la mesa, dos de los perros de la casa entraron ladrando, pidiendo parte del banquete. Uno de los perros era un gran Alano bastante fiero, y la otra era una perrita de aguas mucho más pequeña. Don Digo les lanzó una de las patas del jabalí y los dos perros se abalanzaron sobre ella disputándosela. Para sorpresa de tod@s, la pequeña perrita mató al alano y se marchó corriendo arrastrando la pata de jabalí. Don diego no pudo contenerse e hizo la señal de la cruz, al tiempo que exclamaba:

   -¡Dios mío! ¡Jamás había visto algo igual!

 En ese mismo instante, Mari cogió a su hija Urraka de la mano y salieron volando por la ventana . Nunca más se supo de ellas.

Pasaron los años y, durante una guerra contra los castellanos, Don Diego fue hecho prisionero y encerrado en una fortaleza en Toledo. Iñigo Gerra pidió consejo para liberar a su padre, pero nadie sabía el modo de hacerlo, hasta que un anciano de larga barba blanca le dijo:

   -Iñigo, si quieres ayuda, ve a buscar a tu madre. Ella sabrá decirte lo que debes hacer.

Así pues, Iñigo se dirigió hacia el monte Amboto y allí encontró a Mari subida en una peña.

   -Querido hijo- habló Mari. -Ven hacia mi, porque ya se que vienes a preguntarme cómo liberar a tu padre de aquella prisión.

Mari lanzó un grito y apareció un hermoso caballo blanco ensillado.

   -Este es Pardal- Continuó diciendo la Dama. -Te lo doy y con el ganarás batallas, pero nunca debes quitarle la silla, ni darle de comer o de beber. En el mismo día de hoy te llevará a Toledo y os traerá a ti  y a tu padre de vuelta a casa.

Así fue, Iñigo montó en el caballo y, al momento, se encontró en el patio de la fortaleza en la que se encontraba su padre prisionero. Cuando lo encontró, lo cogió de la mano, lo llevó hasta el caballo y ambos montaron regresando a Bizkalla sin que ningún soldado castellano hiciese nada por detenerlos, pues se habían vuelto invisibles.

Desde entonces todas las entrañas de las bacas que se sacrificaban en la casa del señor de Bizkaia eran colocadas en una peña cómo ofrenda a la Dama del Amboto. Y se decía que, de no hacerlo, caería una desgracia sobre Don Diego López de Haro y sus descendientes, cómo asó ocurrió años más tarde, cuando un tataranieto de Don Diego dejó de hacer la ofrenda, y este perdió un ojo por no seguir la tradición.

El hombre de la Luna

Hace mucho tiempo, vivía un ladrón en Antzuola. No era un ladrón importante, robaba cosas pequeñas: una gallina por aquí, un par de conejos por allá, tomates, lechugas...

Una noche de invierno de ésas que hace mucho frío y el cielo está tan claro que se pueden cintar las estrellas una a una, el ladrón fue a robar algo de leña que un vecino del pueblo tenía apilada en el umbral de la casa. Aprovechando la oscuridad de la noche, el ladrón cogió la leña y se fue para su casa, contento porque no le había visto nadie. De repente se dio cuenta de que la Luna brillaba más que de costumbre, y que esta parecía estar siguiéndolo. Enfadado con ella le gritó:
 
   -No necesito de ti, ¿me oyes? ¡Lárgate!

Como la Luna seguía detras de el sin hacerle caso, el hmbre le volvió a gritar:

   -¡Que te largues! ¿Me oyes? ¡Vete!

La Luna seguía sin hacerle caso, así que el ladrón dejó la leña en el suelo y, cogiendo unas piedras del suelo, empezó a tirárselas a la Luna .

De pronto la Luna empezó a descender; bajó y bajó asta que estuvo cerca del hombre, que lo agarró con su cuerno  por la cintura y lo levantó, volviendo con el al cielo.

Desde entonces el ladrón está allí, y en noches de luna llena puede verse su cara perfectamente si observamos con atención.

La bruja ladrona

Cerca de Asteau (Gipuzkoa) vivían en un caserío un padre y sus tres hijos. Tenían un hermoso manzanal, pero desde hacia días notaban que por la noche les robaban las manzanas. Decidido a pillar al ladrón, el hermano mayor se quedó una noche haciendo guardia; pero se durmió, y al despertar se dio cuenta que les habían vuelto a robar. A la noche siguiente se quedó el segundo de los hermanos, dispuesto a no quedarse dormido, pero el sueño pudo a su voluntad, y al despertar, el ladrón ya había pasado. La tercera noche se quedó el hijo pequeño, a pesar de que su padre creía que era demasiado joven y podría correr peligro, y sus hermanos, habiendo visto que ellos no lo habían conseguido, se rieron de el, convencidos de que no lo lograría. Pero el joven insistió y, cogiendo una hoz, se sentó en la rama de unos de los manzanos la espera de que apareciese el ladrón. Al rato observó un bulto negro que asomaba por encima de la tapia, y ni corto ni perezoso le lanzó la hoz, y el bulto desapareció. Al amanecer, los tres hermanos fueron en busca de alguna pista, y encontraron una gran mano negra junto a la tapia, y un rastro de sangre. Siguieron este rastro hasta llegar a una gran losa, la levantaron, y vieron que había una sima profunda. Echaron a suertes quien bajaba, y le tocó a Peru, el más joven de los hermanos. Entre los dos hermanos le bajaron con una cuerda, y al llegar abajo se encontró con una doncella, que dijo ser una princesa a quien la bruja le había secuestrado. Peru le ato la cuerda para que sus hermanos la subieran, pero antes de dar la señal para que la subieran le pidió a la princesa un pedacito de cada una de las siete saya que llevaba puestas. Los hermanos subieron a la princesa, y luego decidieron que en caso de haber recompensa, era mejor repartirla entre dos que entre tres, y abandonaron al pequeño Peru en el fondo de la sima. Mientras tanto, la bruja apareció y montó en cólera al darse cuenta que habían dejado escapar a la princesa. -Así que la has ayudado a escapar,¿eh?. Pies te quedarás tú en su lugar Le dijo a Peru mientras le intentaba agarrar. Los dos entablaron una feroz lucha; unas veces parecía que ganaba una, otras que el otro. Finalmente Peru cogió la hoz que llevaba en el cinto y le cortó la lengua a la bruja. Después se colgó de su cuello y le dijo: -Sácame de aquí o te iré cortando en pedacitos. Y la bruja, volando, lo sacó de la sima. Una vez fuera de la sima, Peru se encaminó al pueblo de la princesa. Al llegar oyó decir que dos hermanos habían salvado a la princesa de las garras de la bruja, y que el mayor iba a casarse con ella. Peru cogió entonces una habitación en una posada y se pasó el día golpeando la ventana con un martillo se hierro. Cuando al día siguiente, el cortejo de la boda se dirigía a la celebración, Peru comprobó que, efectivamente, el novio era su hermano mayor. Entonces sacó la lengua de la bruja y dijo: -Mihari, mihari, hemen izan hadi. (Lengua, lengua, tan pronto como estés aquí estate allá) Y en eso se levantó un fuerte vendaval que obligó a todos a volver a sus casas. De nuevo Peru cogió el martillo y estuvo horas dando golpes en la ventana. El segundo día volvió a salir el cortejo para la celebración de la boda, pero Peru sacó de nuevo la lengua de la bruja y dijo las palabras mágicas, y de nuevo un vendaval impidió la celebración de la boda Al tercer día ocurrió lo mismo y el rey, sospechando que algo raro estaba pasando, envió a los soldado a averiguar la causa de tan extraño suceso. Al llegar a la posada, el posadero informó que había un cliente nuevo que se pasaba las noches golpeando con un martillo. Inmediatamente lo cogieron llevándolo ante el rey. Pero Peru se negó a responder cualquier pregunta, salvo en presencia de la princesa. El rey hizo llamar a su hija, y entonces Peru mostró los siete pedacitos de las sayas que la princesa le había dado. La princesa reconoció a su salvador, y los otros dos hermanos tuvieron que confesar la verdad, por lo que al final Peru se casó con la princesa y acabó siendo el rey de esa región.